¡Oh felicísima y bienaventurada nación de las gentes románicas, heredera de la más ilustre lumbre que vieron los siglos! ¿Qué lengua habrá en el mundo tan llena de dulzura y gravedad, tan rica de sentencias y tan abundosa de músicas del alma, como aquellas que nacieron del sacro tronco latino? De cuyas venerables raíces brotaron el castellano gallardo, el italiano sonoroso, el francés cortesano, el portugués melifluo, el catalán prudente, el occitano amoroso, el rumano distinguido y las otras hablas hermanas que, aunque diversas en el sonido, son unas en el corazón y en la memoria.
¡Oh cultura románica, tesoro no de arcas de oro, sino derramado liberalmente por plazas, monasterios, universidades, puertos y caminos! Tú enseñaste a los hombres que la palabra puede ser espada y bálsamo; que la poesía no nació para el vano estruendo de las cortes, sino para levantar el ánimo humano a contemplación de lo eterno y de lo hermoso. De ti nacieron los trovadores que hicieron cantar al amor con honestidad y fineza; los filósofos que escudriñaron el bien y la justicia; los juristas que ordenaron las repúblicas con prudentes leyes; y los historiadores que rescataron de las sombras las memorias de los antiguos ¿Quién podrá contar las maravillas de tus artes? Las catedrales que se levantan como montañas de piedra y oración; los arcos romanos que aún desafían al tiempo; las esculturas que parecen respirar debajo del mármol; las pinturas donde el color alcanza casi dignidad de pensamiento; los claustros silenciosos donde el espíritu aprende sosiego; y las ciudades provenientes de Roma, coronadas de campanas y tejados bañados por el resplandecer del sol, donde aun las piedras parecen acordarse del Imperio y de los siglos cristianos.
Ni menor gloria te viene de la música, señora de los afectos humanos, pues de tus tierras nacieron himnos sacros, cantos gregorianos, madrigales delicados y óperas tan sublimes que hacen suspender el aliento a quien las escucha. Allí el laúd conversó con la poesía; allí la voz humana aprendió a dolerse con gracia y a alegrarse con compostura. Y si alguno dijere que las grandezas de las naciones consisten solamente en las armas y en los tesoros, muéstresele una mesa románica y quedará vencido: el pan amasado con arte añejo; el vino que alegra sin envilecer; el aceite, hijo bendito del olivo; los quesos curados por el tiempo; las hierbas olorosas; los pescados de mares azules; las frutas soleadas; y las recetas acaparadas por abuelas y monasterios como si fueran reliquias de linajes venerables. Porque también en el comer mostraron estas gentes que la belleza puede servirse en plato humilde. Y sobre todo, gloria singular de la romanidad es haber juntado lo útil con lo hermoso, la razón con la fe, el derecho con la misericordia, la cortesía con el valor, y el deleite de los sentidos con la elevación del entendimiento. Que no en vano aprendieron de Roma el gobierno, de Grecia el amor a la sabiduría y de la Cristiandad el cuidado del alma.
Por ende, quien amare las lenguas románicas, ame también la memoria de los pueblos que las hablaron; y quien estudiare sus cantares, sus leyes y sus monumentos, no piense que trata con polvo muerto, sino con una tradición viva, cuya sangre todavía corre por las venas de Europa y del Mediterráneo. Pues mientras un hombre recite un verso provenzal, lea a los sabios latinos, contemple un templo románico, escuche una canción napolitana o parta el pan en compaña de sus amigos, no habrá perecido el verdadero romance sobre la faz de la tierra.